En
distintos momentos de la historia del Distrito Federal escuchamos que debía de
tener su propia Constitución y autonomía,
pero queda claro que decirlo no es sinónimo de realizarlo, pues para esto, era necesario
plantearlo como prioridad, establecer una ruta específica que permitiera sumar esfuerzos
y construir acuerdos, como en este caso sucedió.
La
recién nombrada Ciudad de México no
comienza de cero ni se abstrae de su propia historia. Conserva la organización
de sus movimientos sociales que han
impulsado la democracia, el derecho de las mujeres a decidir sobre su
cuerpo, la garantía de matrimonio
civil igualitario y otros tantos temas que han sido modelos para el resto
del país, sin embargo, sería engañoso no mencionar que también hay corrupción,
abuso de autoridad, discriminación, pobreza, falta de paridad y una larga lista
por la que debemos trabajar conjuntamente para hacer soluciones. Son estas
realidades con las que hemos de constituir una ciudad modelo, capaz de exhibir
todas las diferencias que componen a las personas y sus sociedades, pero ahora dotadas
de respeto y sin jerarquías, haciendo real el principio de igualdad de
cualquier persona frente a los entes públicos, las leyes, normas,
reglamentos y demás disposiciones.
La Constituyente será un grupo
que incluya distinas miradas y experiencias con el objetivo de redactar las
directricez para una convivencia armoniosa, reconociendo
a todas las personas con los mismos derechos y con los mismos nombres, sin que las
características identitarias legitimen hegemonías. Es un proceso que exije
primero distinguir las diferencias,
luego armonizar las leyes a partir
del lenguaje incluyente para que finalmente, las distinciones que daban paso a
la discriminación, vayan perdiendo sentido y comiencen a reconocerse como componentes de nuestra valía multicultural.
Cabe la
posibilidad de que la Constitución de la
Ciudad de México además de garantizar mejores condiciones de vida a quienes
aquí habitamos, sirva de modelo para otras entidades y muestre que aquellas
legislaciones que plasman como mandato la discriminación en otros Estados del país, hacen lícita la desigualdad,
a diferencia de aquellas que hacen del respeto a los derechos humanos una clave para accionar en pro de la dignidad de las
personas. No es un secreto que cuando los Gobiernos ofrecen mayor respeto a las personas, eleva la calidad de
vida y se refleja con armonía en nuestra sociedad, dado que el respeto que
una persona experimente de su entorno social, le permite soñar y construir realidades, por el contrario, continuar
restringiendo la libertad, seguirá fomentando el irracional resentimiento, los
prejuicios y la violencia.
La Constituyente tendrá que redactar
una Constitución en donde los derechos
humanos sean una certeza para todas las personas y no solo una ineterpretación
voluntariosa y condicionada. El principio de igualdad es la clave
que atraviese todas las realidades llevadad al texto y a partir de donde
reconstruyamos la cultura. Diversidad, paridad, democracia, libertad, han de
ser los filtros de análisis para tan importnate labor.
Ahí
habremos de trabajar por el bién común.
Lol Kin Castañeda Badillo
Defensora de derechos humanos
Lesbiana feminista
@lolkincast
Este texto fue publicado en Mexican Times, 27 enero 2016
http://themexicantimes.mx/igualdad-constituyente/
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